Abrieron la jornada Guadalupe Aguado, presidenta de AETER, que trae a colación la buena salud de la que goza la lengua española en cuanto a recursos lingüísticos y terminológicos, y menciona la I Wiki Editatón de Madrid, que se celebraba el día siguiente, como neologismo muestra de ello; por otra parte, en representación de la UCM, Lourdes Carriedo, vicedecana de Investigación, reconoció que en el campo de la terminología no ha trabajado mucho pero es prometedor, y Jorge Arús, vicedecano de Innovación, Tecnologías y Equipamiento, afirmó que la normalización terminológica es una forma de contribuir al rigor de los estudios lingüísticos y es especialmente relevante en el uso de nuevas tecnologías.

El programa de conferencias estaba diseñado para que estuvieran representados los estudios de biblioteconomía, el ámbito de la estandarización y el sector privado. Así, las conferencias de la mañana estaban conducidas por un «representante» de cada uno de ellos y la mesa redonda de después de comer también contó con profesionales de cada uno de estos círculos, en orden inverso.

1ª conferencia: «Documentación y LOV. ¿Por qué lo llaman vocabulario cuando quieren decir terminología

A las 10:20 arrancaba la conferencia de Eva Méndez, doctora en Biblioteconomía y Documentación de la Universidad Carlos III de Madrid, que comenzó expresando su apoyo a iniciativas multidisciplinares como esta jornada. Su charla se basó en la comparación de las herramientas de la biblioteconomía con las de la terminología: el punto de unión es dar a un término (el objeto de la terminología) el tratamiento de dato o documento (el objeto de la biblioteconomía).

Las principales conclusiones de su charla son las siguientes:

  • Llevamos muchos años hablando de web semántica, pero ahora parece que sabemos lo que significa, y la podemos llamar simplemente web, porque toda la web es web semántica.
  • Existe una diferencia sutil pero definitiva entre estar en la web y estar para la web. En el primer caso los datos están subidos en internet, pero no son buscables; el segundo caso es el ideal, la presencia bien etiquetada.
  • Ahora bien, los paradigmas de metadatos son como los cepillos de dientes: a todo el mundo le parece muy buena idea pero cada uno quiere usar el suyo. Esto se debe a que toda disciplina cuenta con su propia terminología, recursos, etc.
  • Ya lo decía Stuart Weibel en 1995: los datos no deben estar en silos de información, el objetivo es que la web devuelva información sobre el tema que el usuario busque, haya subido esta información el Gobierno, la industria o la comunidad de médicos.
  • En el turno de preguntas se comenta que las terminologías no pueden ser estables porque el lenguaje natural está vivo. Sin embargo, solo saber eso ya es un avance, porque hace unos años ni siquiera se tenía conciencia de ello. La estabilidad en terminología quiere decir que los términos tengan URI estables, que todo el sistema esté preparado para esa flexibilidad del lenguaje vivo.
  • El objetivo debe ser una terminología para todos, para todas las disciplinas, lo cual es un reto, si no imposible, muy lejano.

Por último, la profesora termina animando a probar schema.org, una iniciativa de los principales buscadores para poner en común un sistema de marcado de datos estructurados que termine mejorando la web.

2ª conferencia: «Terminology standardization, terminology management and best practices and/or tools for terminology and terminology management»

Antonio Pareja, organizador de la jornada, presenta a Kara Warburton, presidenta del Comité Técnico 37 de la Organización Internacional para la Normalización, sobre terminología y otros recursos lingüísticos y de contenidos (ISO/TC 37), que ha trabajado como terminóloga durante más de veinte años. Su charla, como afirma al principio de la misma, persigue despertar un poco de crítica sobre la terminología. Porque, para empezar, es difícil definir lo que es un término: se ha definido como la «designación de un concepto que pertenece a un lenguaje para fines específicos (LSP por su sigla en inglés)», pero tampoco es fácil definir lo que es un LSP porque las fronteras entre conocimiento específico y conocimiento general siempre van a ser difusas.

Cada teoría lingüística ha aportado su propia definición de término: una conceptualización de un objeto (teoría general o GTT por su sigla en inglés); una representación del lenguaje natural considerada relevante para determinados propósitos (teoría sociocognitiva); una unidad de texto definida por la posición que ocupa en el texto (teoría lexicosemántica); una unidad léxica que percibe valor a través de sus propiedades pragmáticas y dependiendo de la situación comunicativa (teoría comunicativa); una construcción que toma forma a través de un análisis del corpus (teoría textual)… Incluso han sido definidos, desde el punto de vista de los negocios, como los ladrillos de comunicación que dirigen la economía global.

Otro fallo de la GTT es no considerar términos propiamente dichos a los verbos, cuando, como cualquier traductor sabe, sus equivalencias en otros idiomas pueden ser tan difíciles de encontrar como en el caso de los sustantivos.

El objetivo de la gestión terminológica no es, como se piensa, apostar por una comunicación globalizada, o reducir la desigualdad económica. El objetivo es que pueda aplicarse a diferentes aplicaciones: traducción automática (MT por su sigla en inglés), búsqueda, indexado, traducción asistida por ordenador (CAT por su sigla en inglés) o autoría controlada, que se está convirtiendo en un campo cada vez más interesante.

Según Warburton, el nombre que debería recibir la gestión terminológica es lexicología, porque trabaja con unidades léxicas; sin embargo, la lexicología es una disciplina ya existente. Y un dato curioso: se suele pensar que la gestión terminológica es una aplicación multilingüe, pero en realidad es sobre todo monolingüe.

Los siguientes con algunos ejemplos prácticos de la gestión terminológica que se comentaron:

  • La desigualdad entre sistemas lingüísticos: mientras en inglés existen varios sinónimos para un mismo concepto (tar sands, bituminous sands, oil sands, asphaltics sands…), en español solo existe uno (arenas bituminosas), debido a que es un fenómeno propio de Canadá. Me pregunto si este ejemplo de desequilibrio entre lenguas podría renovar el de las numerosas formas que tienen los esquimales de decir blanco.
  • Pueden existir sinónimos «preferidos». En el caso de swimlane y partition, referidos a los pasillos entre puestos de trabajo en una oficina, en una ocasión se encontró que se prefería swimlane. ¿Por qué elegir una palabra tan rara, que tiene más connotaciones de otros campos? Precisamente porque es más especializada. En cambio, partition puede significar muchas cosas más, es decir, tiene demasiada carga semántica.
  • Multiterm es la herramienta más conocida en el mercado de la gestión terminológica, pero su gran fallo es que no puede soportar tesauros, los términos no están relacionados.

En conclusión, la terminología, en su aplicación práctica, está cambiando: adopta métodos de la lexicología (se usan textos y corpora, se permite ser descriptiva y semasiológica). Sin embargo, los estándares terminológicos de la ISO no se han actualizado al mismo ritmo: no existen estándares para el uso de corpora, por ejemplo. Se puede decir que la ISO está pasando por una crisis de identidad: no hace lexicología, pero tampoco terminología como solemos entenderla, y a pesar de todo tiene un gran potencial como recurso lingüístico y necesita visionarios que ayuden a desarrollar esos estándares terminológicos. La propia Warburton fue crítica con la ISO al afirmar que la terminología estandarizada desarrollada por la ISO no es perfecta porque no ha sido elaborada por terminólogos. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que la mayor parte del personal del TC37 son voluntarios, por lo que claramente hay un problema de recursos.

3ª conferencia: «La terminología en las empresas de localización y traducción»

Pedro L. Díez Orzas, CEO de Linguaserve, empresa de traducción orientada sobre todo a localización y sistemas de información, es presentado como doctor en lingüística computacional, miembro fundacional de AETER y un magnífico ejemplo de la estrecha y buena colaboración entre los sectores público y privado.

Comienza su conferencia hablando del cambio de paradigma (o cambio cuántico como dice él) que se ha dado en el mundo de la traducción en los últimos 25-30 años. Por un lado, ha cambiado el mercado: aumento exponencial del volumen (aunque la extensión de cada contenido web tiende a reducirse), del número de archivos, del número de idiomas con que trabaja cada agencia, necesidad de adaptar los plazos y la frecuencia a los tiempos de internet, sofisticación de los formatos y desarrollo rápido de normativas y estándares. Por otro lado, la tecnología ha aportado herramientas para hacer frente a todo ello: CAT, MT… Lo más importante es que ahora hay proyectos realizables por una sola persona y proyectos solo realizables por un equipo.

Nunca han existido tantas herramientas, se han necesitado tantas aplicaciones, ni se ha exigido que estas evolucionen tan deprisa. Tampoco nunca ha sido tan necesario el multilingüismo: la gente, aunque no lo sepa, tiene interés y necesidad de la lingüística.

Ante todo este cambio, las empresas GILT (globalización, internacionalización, localización y traducción) dependen de la correcta creación y gestión de recursos, y las posibles carencias de los traductores muchas veces se pueden suplir con buenos recursos.

En su experiencia, el cliente normalmente no dispone de glosarios; en general, no suele proporcionar feedback, salvo puntualmente, y no suele dar valor económico a la terminología, aunque sí metodológico e instrumental (por ejemplo, en la traducción automática, entiende que tiene que hacerse ese trabajo). Aun así, Díez Orzas dio un ejemplo de que la terminología es crucial para el desarrollo internacional de un negocio: un distribuidor que le comentaba que no vendía bañeras en Colombia, desconocedor de que allí se llaman tinas. Es fundamental que los productos estén bien clasificados y denominados, y eso es labor de terminología.

Se ha ampliado lo que se considera término: cada vez son más frecuentes los «términos prohibidos» (por ejemplo, que no se diga gasolinera sino estación de servicio). Además, cada vez es más importante poder medir el trabajo: lo que no se puede medir no se puede mejorar, y existe la necesidad de saber qué terminología se puede reutilizar para cada cliente o proyecto. En este sentido, el uso de estándares terminológicos denota madurez en la empresa.

Algunas de las conclusiones de su charla fueron las siguientes:

  • La terminología es un acervo fundamental para el desarrollo de una lengua. Termcat, Termigal y Euskalterm son muy buenos; sin embargo, no existe un centro de terminología sobre el español. Para ello se necesita impulso institucional, desarrollo empresarial y coordinación internacional.
  • La complejidad de procesos, interacciones, estándares, herramientas y aplicaciones necesita profesionales adaptados y formados.
  • La rápida evolución y los tiempos de infarto imponen un sistema ágil, integrado y colaborativo. No se puede ir en contra de las tecnologías que demuestran que funcionan y se están imponiendo.
  • El desarrollo de la terminología y los medios para ello se obtienen como valor añadidoa otras actividades económicas. Englobarla dentro de la gestión de proyectos general es el futuro para darle valor económico.

En el turno de preguntas se dieron algunas respuestas interesantes. Ante la inevitable pregunta de la cabida de un terminólogo en una empresa privada GILT, Díez Orzas responde que una pyme no se lo puede permitir en plantilla, pero que son más interesantes otros modelos de trabajo. Existe una tendencia a crear un nuevo perfil para cubrir un nuevo puesto de trabajo: un gestor de recursos lingüísticos que gestionaría la terminología, además de las guías de estilo, las memorias, los sistemas de control de calidad o los materiales. De hecho, es difícil encontrar ese perfil proveniente de la traducción o la lingüística, normalmente se encarga a alguien con experiencia en gestión de proyectos.

Los asistentes, en su mayoría profesores, se preguntan qué hace mal la universidad y qué habría que enseñar que actualmente no se enseña. Según Díez Orzas, cuando se enseña tecnología de traducción (Trados), no se dedica tiempo a la parte terminológica, porque quien lo enseña es profesional de la traducción, no terminólogo. Además, lo que se necesita no es la gestión terminológica únicamente sino la gestión de recursos lingüísticos en general. En la universidad, es mejor enseñar a pescar que dar peces: el alumno necesita saber para qué sirven las herramientas y qué se puede hacer con ellas más que usar herramientas concretas, porque se pueden quedar obsoletas, la empresa puede usar otro software, etc. Debe saber qué necesita un traductor y tener un dominio muy alto de las herramientas CAT, pero sobre todo de programas en principio más básicos como Excel o bases de datos.

Mesa redonda

Antonio Pareja, Jesús Torres, Montserrat Serra y Blanca Gil en la mesa redonda.

La primera charla de la tarde, titulada «La integración de la gestión terminológica en los procesos y herramientas del traductor y el localizador» y conducida por Jesús Torres del Rey, profesor de Gestión Terminológica de Proyectos en la Universidad de Salamanca, versó sobre las actitudes que tienen las distintas partes ante la terminología:

  • Algunas empresas le dan mucha importancia, otras la consideran una pérdida de tiempo.
  • Los clientes finales comprenden su importancia, pero muchas veces no les interesa la calidad. Hay alguna excepción, como en el sector de los videojuegos, donde se cuida mucho.
  • Los traductores la valoran mucho, pero muchos no la usan a menudo o la conocen muy poco.
  • Los alumnos de traducción primero muestran pereza y desinterés, aunque luego se dan cuenta de la gran ayuda que supone.
  • Los productores de herramientas CAT todavía no han creado herramientas de localización con un gestor terminológico bien conseguido, este suele parecerse más a una memoria de traducción. Las herramientas tienen mucho que mejorar: solo reconocen el término (a veces muy mal) y proponen una equivalencia, cuando convendría que sugiriesen más equivalencias, aunque fuese en otros campos. Torres cita como ejemplo las limitaciones del gestor terminológico de Lingobit.
  • Los desarrolladores de estándares consideran buenos estándares, como TBX, excesivos para los traductores.

Torres concluye con que las herramientas de gestión terminológica deberían ser algo más que glosarios multilingües: deben incorporar más información, como imágenes, relaciones entre los términos, definiciones, etc. para que el traductor no elija el término acríticamente sino que vaya incorporando ese conocimiento a su experiencia profesional.

La segunda charla de la tarde, titulada «La normalización en el trabajo terminológico», estuvo a cargo de Montserrat Serra Figueras (Termcat), para la que la normalización es el último escalón de un proceso, pero no el más importante, ni definitivo, porque se basa en el consenso.

En Termcat reciben peticiones directas o consultas de los usuarios. Primero analizan la demanda para decidir si es necesaria la normalización de un caso y lo publican en la web. Todos los casos se debaten al menos en tres reuniones; parece un proceso lento, pero la experiencia enseña que es mejor proceder así, pues se nota en la decisión final y en que se pueden argumentar las decisiones frente a los usuarios.

En cuanto a la política de normalización, se normalizan conceptos que no tienen una denominación fijada: por ejemplo, cuando se designan con préstamos o calcos, cuando existen varios, cuando hay confusión conceptual, cuando se ha popularizado una denominación semánticamente errónea o cuando usa una marca comercial. En cuanto a los criterios para decidir, son tanto lingüísticos (morfología, analogía con otros del mismo ámbito) como de uso (elección de los profesionales del sector, eufonía).

En cada caso se consulta al menos a cinco especialistas de distintas áreas. Sus opiniones son fundamentales en la decisión final, porque así la sienten como propia y la difunden y usan con más naturalidad. Además, ver discutir a los expertos es muy útil para los terminólogos; se busca un debate más que una respuesta unidireccional de experto a terminólogo.

Como retos para el futuro, Serra menciona seguir colaborando con especialistas; determinar los criterios lingüísticos y terminológicos para que el usuario de la lengua sea más autónomo en la decisión, y que se den más iniciativas como el Instituto Universitario de Lingüística Aplicada (IULA).

Por último, Blanca Gil Urdiciain (Departamento de Biblioteconomía y Documentación de la UCM) habló de su experiencia elaborando los tesauros para el Instituto de Comercio Exterior (ICEX) y Telecinco en su charla titulada «Gestión de la terminología en centros de documentación especializados».

El principal problema es que hay que plantearse si se antepone la especificidad o la normalización. Si especificamos mucho un vocabulario, enfrentamos los niveles más rigurosos de especialización, y si normalizamos, nuestro vocabulario será más genérico, pero más universal. Lo que más confusión crea, y destruye la normalización, es que cada centro utilice su propio lenguaje. Por ejemplo, la Clasificación Decimal Universal (CDU) ha demostrado quedarse en un nivel muy genérico, pues cada biblioteca tiene su terminología demasiado específica, y esto tiene consecuencias negativas en la práctica, como la complicación del préstamo interbibliotecario.

El tesauro para el ICEX constó de 7700 términos, y ahora son capaces de intercambiar información 55 oficinas que tienen en todo el mundo. El coste total del proyecto fue de 36 000 euros por una duración de tres años. Se le pregunta por la mantenibilidad del proyecto, a lo que contesta que todos los lenguajes controlados adolecen de ella porque es un coste añadido; aunque siempre se incluye un procedimiento de actualización. El tesauro de Telecinco, por ejemplo, sí se actualizó porque había más presupuesto.

El turno de preguntas hacia los tres ponentes se centró en el retorno económico de la terminología. Por ejemplo, en el caso de Trados, un programa con tanta historia, sorprende que todavía no haya incorporado mejoras en este sentido y se sugiere que sea porque los usuarios no las han demandado. ¿Existe retorno económico en definir tan bien las relaciones entre los términos? Torres responde que siempre ha sido útil; sin embargo, antes no era posible y ahora sí, cada vez más, y por eso se demanda. Serra es tajante en que no hay retorno económico en la normalización: el Termcat es un organismo público. Finalmente, Gil afirma que merece la pena porque ayuda mucho, pero es una labor casi totalmente altruista.

Se comenta que en Alemania las empresas grandes cuentan con un departamento de comunicación que cuenta con esa gestión terminológica, que recibe su justa valoración. Pero quedan en el aire cuestiones como: ¿qué se considera una gran empresa? ¿Cuántas puede haber en un solo país? Y en cada departamento de comunicación, ¿cuántos terminólogos puede haber?

Conclusiones propias

La terminología es un campo en el que no me he formado específicamente pero sí tengo experiencia laboral con ella y, además, me parece muy relevante para el futuro de la ingeniería del conocimiento en general. Saqué algunas pocas conclusiones propias después de la charla que no he mencionado antes:

  • No es fácil que la terminología por sí sola sea rentable, pero, junto a otros conocimientos, está cada vez más demandada.
  • La terminología es como la traducción y tantas otras profesiones que quedan «a la sombra»: cuando funciona no se nota, pero cuando no se ha utilizado bien da grandes quebraderos de cabeza, por no hablar de las pérdidas económicas.
Y vosotros, ¿qué valor le dais a la terminología en vuestro trabajo diario? ¿Conseguís rentabilizarla? ¿Es una pérdida de tiempo?

Actualización 24/10/2014:
En la página web de la AETER han colgado todos los materiales de las conferencias, así como algunas fotos.